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2001



p l á c i d o_ c a r r o_ v i c e n t e
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El último de los alfareros con el que aún podemos contar y dialogar en esta región de Cantabria, donde los últimos Alfares cerraron hace casi medio siglo.
Su presencia y bagaje de conocimientos nos compensa de esa orfandad que hemos sentido al llegar demasiado tarde para recoger en vivo a través del contacto directo, de una manera de hacer, unos sistemas de vida y trabajo, que nos ayudasen a comprender en tiempo pasado la historia de nuestra alfarería, reflejo fiel de nuestra propia historia.
El transcurrir del tiempo en Plácido no ha borrado los recuerdos en una mente privilegiada que retiene con frescura todo tipo de detalles sobre las peculiaridades, técnicas y procesos de este oficio que él y su familia vinieron ejerciendo en Cantabria durante años, de ahí la idea de llevar a cabo una entrevista con la que recoger ese caudal informativo y enriquecedor que supone la fluida conversación con Plácido.

Desempolvar los recuerdos rescatando del olvido a quienes desde el ejercicio de su profesión artesana, durante siglos hicieron más fácil nuestra existencia, sin pedir a cambio nada, si acaso el valor de sus productos. Los otros valores añadidos, reconocimiento, consideración, son dos etapas más cercanas. Dentro de la naturaleza de los oficios artesanos, su propia integración en unas formas de vida, donde las constantes venían determinadas por el ritmo natural de nacer, crecer, transmitir y desaparecer. Lo de las consideraciones y reconocimiento aparecen cuando despierta el interés de investigadores, coleccionistas, museos, modas. Conscientes de que este ciclo histórico se está acabando. Aunque todavía hoy podamos disfrutar de los últimos vestigios en algunas zonas del país.
Debo adelantar que con Plácido me une una entrañable amistad, fruto del amor que los dos sentimos por ese oficio alfarero. Por eso hablar sobre ello sea un ejercicio de lo más agradable.
Plácido, ¿Cuál fue tu lugar de nacimiento y qué trayectoria ha seguido el oficio de la alfarería en tu familia?
Nací en un barrio cercano a la capital, el Primero de Mayo, en diciembre de 1923, y en mi familia han sido alfareros mi padre, Plácido, y mi tío Damián, hermano de mi padre.

¿A qué edad inicias tus primeros pasos en el oficio, y comienzas a tomar contacto con el barro?
Desde temprana edad, 7 u 8 años, el barro rodea mi vida, paulatinamente mi padre y mi tío Damián después, me iban enseñando los secretos del oficio, desde la preparación de los barros, manejo de torno, control de cocciones, etc. aunque esta última labor siempre fue responsabilidad de mi padre.

En esta trashumancia familiar, hasta encontrar el lugar idóneo para ejercer el oficio, ¿Cuál fue vuestro recorrido?
Las dificultades que suponía el trabajo después de la Guerra Civil eran enormes, no teníamos materias primas y mucho menos dinero para comprarlas, por lo que teníamos que ingeniárnoslas para obtenerlas.
Los primeros recuerdos me llevan a un taller cercano a la ciudad, que ocupamos en lo que había sido una fábrica de elementos sanitarios, aprovechando parte de la maquinaria, incluso un horno de llama invertida de gran capacidad en el que llegamos a cocer 50.000 tiestos de una sola vez, esta cocción nos produjo 25.000 Ptas. Ahí el trabajo era menos costoso. A continuación nos desplazamos a una tejera (Ojaiz), no muy lejos de la ciudad. Desde aquí pasamos a Limpias.

¿Construíais vuestras herramientas?
Sí, construíamos herramientas, maquinaria, tornos, hornos, a medida que los íbamos necesitando. En esos años no había información y mucho menos dinero. En el primer taller para aplastar el barro teníamos un mulo que arrastraba una piedra en forma de tronco al cono dando vueltas sobre un eje central.

¿Cuáles eran las vasijas más comunes y las de mayor demanda?
Lo que más hacíamos eran tiestos y macetas. Teníamos moldes y en el primer alfar una máquina. También hacíamos botijos, pucheros, cazuelas, etc. Estando en Limpias nos encargaron todas las tinajas para los decorados de la película “El coloso de Rodas”, rodada en la villa cercana de Laredo.

Cuando estudio la obra artística que bajo la dirección de Ignacio Zuloaga El Mozo (1), realizáis en los años 40 en Limpias (2), descubro en vuestra familia alfarera un alto nivel de conocimientos, manejando técnicas como el moldeado, o esmaltes nada habituales en la alfarería tradicional ¿Cuáles son las fuentes de los mismos?
Mi padre aprende la mayoría de sus conocimientos en la fábrica de elementos sanitarios que ya he citado. Él empezó trabajando en ella, tenía dos hornos, maquinaria, incluso un laboratorio muy completo. Fue abandonada en el periodo de guerra, usando nosotros sus instalaciones durante bastante tiempo. Otro lugar donde aprendimos los tres, mi padre, mi tío Damián y yo, fue en la Ibero Tanagra, fábrica de loza con la más avanzada maquinaria y sistemas de trabajo.
Volviendo a Limpias y a vuestra aportación al proyecto de Zuloaga en la cerámica artística, considero que por su riqueza cromática y variedad de diseños y formas, fruto del ingenio de este extraordinario artista que fue Ignacio Zuloaga El Mozo, ¿ha sido esta la etapa más sobresaliente de vuestra historia alfarera? ¿Cómo se produjo el encuentro?
Fue la más sobresaliente, no sólo porque había que estar investigando constantemente con los barros y los esmaltes, sino porque las producciones eran variadas, ricas en colores y diseños, aunque la venta no solía acompañar. Estábamos en un tiempo donde no había dinero para comprar.
Es Zuloaga quien, conocedor de nuestra forma de trabajar, se presenta un día en nuestro taller de Ojaiz proponiéndonos formar parte de un importante proyecto suyo para realizar cerámica artística. Aceptamos la oferta y nos trasladamos toda la familia a Limpias.
Conviene aclarar cuál era nuestra labor, Zuloaga decoraba de manera extraordinaria, era un pintor que tenía como soporte la cerámica, con temas de todo tipo. También diseñaba las nuevas formas. Las demás operaciones, desde el tratamiento de los barros, sección de tornos, moldes, éramos responsables mi tío Damián y yo, siempre bajo la supervisión de mi padre, el cual se encargaba del horno, quedando bajo su responsabilidad el resultado final.
En la etapa de mayor producción en el taller llegaron a trabajar hasta 22 personas, con varios pintores decorando las vasijas.

¿Cómo acabó todo?
Aproximadamente a los cinco años de trabajo, fracasa la “Cerámica Artística”, nosotros, en el lugar donde vivíamos cercano a la fábrica, construimos un taller alfarero financiado por Simpson, este señor ya había financiado “La Cerámica Artística”.
No tuvimos mucho éxito, viéndonos obligados a trabajar por cuenta ajena. Yo fui a Navarrete (La Rioja) y mi padre a Haro. Largas jornadas de trabajo y poca remuneración nos van desanimando, mi padre se jubila y yo emigro a Londres.
Jubilado, Plácido regresa al lugar de partida, residiendo a pocos metros, de donde tantos sacrificios e ilusiones cubrió el paso del tiempo. Al preguntarle por la cerámica que se hace en este momento, me responde que nunca fue menos costoso trabajar el oficio, no se necesitan grandes instalaciones como antes, ahora en un cuarto instalas el taller, con un horno, que él lo hace casi todo, te mandan el barro y los esmaltes a casa, de los colores que quieras. Se ha avanzado en pocos años más que en siglos y eso ha traído un tipo de cerámica para la demanda de este tiempo.

Plácido pasea todos los días por su querida ría de Limpias, recuerdos y satisfacciones con la tranquilidad del deber cumplido.
Si os cruzáis con él, preguntarle, tras su seriedad se encuentra un gran conversador, una vida llena de experiencias. Si os gusta la alfarería la conversación puede ser interminable y sobre todo enriquecedora.
Ese hombre enjuto, con visera y gafas de mirada inteligente es Plácido, nuestro último alfarero.


Javier Bolado Rebolledo
En memoria de Marina Rebolledo

1 El Mozo, estudio presentado por el autor de esta entrevista en el IV Congreso anual de la Asociación de Ceramología en Vitoria - Ollerías 99 con el título “El paso por la Cerámica de Ignacio Zuloaga, el Mozo”

2 Limpias, población cercana a las villas de Colindres y Laredo en la CN 629 a la ribera del río Asón que a su paso por este lugar, cercano a la desembocadura, recibe el nombre de ría de Limpias (Cantabria).
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