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2001



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Iñaki Huerta (Madrid 1958) es un hacedor de alegría. Ex-profesor de EGB, sucumbió a los encantos de un oficio tan singular como es la juguetería en madera merced a las buenas artes de su maestro Pedro Molina. Como Gepeto, el padre de Pinocho, es también un romántico; pero con la certeza de que vive en el siglo XXI.
Un catálogo de peso

Tres líneas de producto -juguetería tradicional, línea moderna y mobiliario- y un total de veinticinco referencias componen su actual catálogo. La relación incluye seis reproducciones fieles de otros tantos clásicos de Pedro Molina, su maestro: el fuerte, el patinete, la cocina, los dos camiones y el tractor. El resto son diseños míos, incluso el caballo balancín o el caballo escoba clásico, pero con mejoras sustanciales y elementos extra: ruedas, gomas… Además, los camiones pequeños o las grúas presentan líneas más redondeadas y muchísimas menos piezas de montaje. Eso sí, todas de madera maciza y gruesos consistentes de aproximadamente 20 mm., encoladas a presión con cola blanca de carpintero. Juguetes para jugar…

Todos sus juguetes soportan estupendamente el paso del tiempo y un disfrute/desgaste intensivo. Si en algún momento una pieza se estropea o se desencola, se puede reemplazar sin problema. De algún modo, Iñaki ofrece un servicio post-venta. Siempre entrego mi tarjeta por si surge alguna eventualidad. Sus juguetes no tienen clavos y todos los vivos -bordes, aristas…- están neutralizados: No hay riesgo alguno, afirma.

Los juguetes de Iñaki -sobre todo, su línea de mobiliario infantil y sus rincones de juego, tal y como él los denomina- se ajustan a los parámetros exigidos por entidades como Aenor. Sin embargo, reconoce que cumplir estos trámites resulta complicado, sobre todo por razones económicas. Tanto los acabados superficiales, barnices o tintes están ya homologados en fábrica y cumplen todas las normativas de rigor. El problema es ajustarse a las resistencias a tracción o físicas que contemplan las normas: no son juguetes seriados de carácter industrial. El factor humano de error, aunque improbable -porque hago mi trabajo a conciencia y con mucho cariño-, es posible. Creo que es una normativa farragosa y excesivamente complicada para un producto artesano.

Iñaki suele hacer visitas a ferias internacionales del juguete: Nuremberg, París… A nivel europeo, se cumplen con rigor las normas. Los clientes suelen exigir de hecho que las piezas estén homologadas. A nivel nacional, en cambio, existe más laxitud. Nunca me han pedido tal cosa hasta la fecha. El propio Ministerio de Educación dota a los centros escolares con mobiliario -que he tenido que reparar en varios casos- que emplea grapas, colas rápidas o elementos indeseables… El juguete de madera, en cambio, si se industrializa un poco se dispara la inversión necesaria. La industria alemana, sueca, noruega o suiza del juguete de madera son todo un ejemplo de las dimensiones que puede adquirir esta actividad.
El taller y la memoria del maestro

Diábolo fue el resultado de un concurso de nombres entre amigos. Yo buscaba una denominación relacionada con juguetes clásicos, que aparecen y desaparecen por temporadas, que van y vienen, pero que siempre están ahí. Es el caso de la peonza, la taba, la canica o el diábolo.
Iñaki empezó relativamente tarde en el oficio. Hace diez, con casi treinta años. Los mismos que aguanté en el barrio de Malasaña, en Madrid, y gracias a la buenas artes de Pedro Molina. Trabajé muchos años como profesor en granjas-escuela, talleres de naturaleza, cooperativas de actividades… Como no acababa de encajar en la enseñanza, busqué una alternativa con la madera. Comencé a trabajar con otros dos profesores en un taller comercializando los productos. Poco a poco, me introduje en este mundillo. Un buen día me tope con los juguetes de Pedro Molina en una tienda de Cuenca: me llamó la atención que alguien hiciese aquello con tanto esmero. Pedro era un carpintero muy conocido. Me puse en contacto con él y comencé a trabajar en su taller por temporadas. Fue una experiencia muy entrañable y particularmente didáctica. Por su taller pasó muchísima gente, pero pocos continúan haciendo juguetes.

No es para menos… El juguete es esfuerzo, dedicación, gestiones… Económicamente nunca compensa del todo. He tenido, incluso, que compaginar tiempo atrás el trabajo con mi faceta de músico tocando la batería. Estoy solo en el taller, excepto en épocas de mucho trabajo que contrato a Yolanda F. Royón, otra discípula de Pedro que imparte cursos en Talavera. Esta actividad sólo tiene inconvenientes, haces demasiadas cosas que te sustraen de los más importante: la producción. El mercado también oscila y, sobre todo, es muy inestable. Las clásicas tiendas de artesanía, que atiendo puntualmente, no suelen durar más de dos o tres temporadas.

Por sus características, el juguete de madera tampoco puede entrar a saco en los canales convencionales de comercialización. Una salida posible podría ser dedicar parte de la actividad del taller al diseño o preparación de prototipos para la industria. Seleccionar dos o tres productos, mecanizar e industrializar el proceso productivo; en cualquier caso, sería una vía al margen de la artesanía. De todos modos, diseñar un producto y que cumpla los estándares establecidos exige esfuerzo, investigación de formas y colores; y, sobre todo, tiempo… Soy muy concienzudo con mi trabajo y eso quizá sea un inconveniente…
En cuanto al aspecto ferial, Iñaki suele ser fiel a las dos citas madrileñas con el público: Recoletos y Atocha. Farcama también figura en su calendario. Avila y otras citas puntuales completan su agenda. Además, suelo acudir a ferias profesionales como la Feria Internacional del Juguete de Valencia (Feju), a pesar de su carácter predominantemente industrial. Es cierto que muchos grandes jugueteros se han interesado por mis piezas, pero los pedidos eran desorbitados. Además, entraríamos en el asunto de las patentes.

Las patentes es un tópico habitual cuando se reunen varios jugueteros. Lo curioso es que todos estamos en una situación parecida, pero seguimos trabajando a pesar de todo. Quizá el mobiliario para centros escolares sea la gran alternativa a explotar, como los complementos o los rincones de juego. Aun así, personalmente me gustan los juguetes con un cierto grado de complejidad. Me encantaría reproducir de algún modo aquel juguete maravilloso que hizo época: hablo de Don Nicanor.
A modo de homenaje

Esta Semana Santa he vuelto de nuevo por Cuenca. Al pasar por San Felipe, me he asomado a la calle Caballeros, donde Pedro Molina tenía su taller. Hace ya dos años que falleció y hasta ahora no he sido capaz de hacerle mi pequeño homenaje. Y es que este hombre fue, en el sentido más maravilloso de la palabra, mi maestro. Sí, aquel que no sólo te enseña el oficio, sino que, además, te inculca con su actitud unas maneras de tratar a todo aquel que se acerca al taller. ¿Su taller?: todo un viaje al pasado. Un motor anclado al suelo y que cambiando correas de cuero hacían girar el torno o la labra, el disco o el escoplo. Y que decir de la sierra de cinta que construyó él mismo recuperando piezas de desguace de talleres de Madrid tras la Guerra Civil. Era todo un número verlo subido al aparato, a sus 84 años, intentando arreglar un rodamiento que llevaba cinco años sin engrasar.
El Sr. Pedro nació en 1914 en Jimena (Jaén). Allí aprendió, en el taller de su padre, a enredar con la madera. A los siete años ya hacía pequeños juguetes con restos de madera; juguetes que iban guardando en un saco para cargarlos más tarde en una bicicleta y venderlos en los pueblos cercanos durante las fiestas. El Sr. Pedro adoraba a su madre, de la que heredó, según sus propias palabras, su espíritu alegre. De su padre aprendió, además del oficio, la personalidad sacrificada, la entrega a los demás y el compromiso por una sociedad más justa, propia de un alcalde socialista de los de antes, de los de los años treinta. Con 21 años se vio envuelto en la guerra que acaba trasladándole hasta el Frente de Teruel. En el invierno del final de la guerra escapa ante tanto horror y se refugia en Cuenca. Allí conoce a su futura esposa y monta su taller en los bajos de la iglesia de San Felipe, que había servido de prisión.

La conveniencia o no del asociacionismo

Iñaki forma parte de Artesanos de La Villa desde hace tres años. En líneas generales el asociacionismo en Madrid deja bastante que desear. En la época de Tierno, había un movimiento increíble… Recoletos le ha dado un balón de oxígeno al sector; sin embargo, creo que las cosas no funcionan como deberían y las únicas beneficiarias de esta dispersión son la administraciones: todo lo que ahorran en un montón de conceptos -puesto que no hay demandas-, no revierte en el sector. Cuando tienes referencias de otras comunidades como Galicia o Castilla-La Mancha, con sus más y sus menos, percibes de inmediato las diferencias: se priman cosas, se subvencionan determinadas presencias o actuaciones… Quizás, una plataforma asociativa más amplia facilitaría las cosas, y no hablo de una federación de asociaciones en Madrid: un asunto muy delicado y donde existen muchos recelos.

Sin embargo, las administraciones tendría que clarificarse un poco más. De hecho, están admitiendo como artesanía cosas bastante dudosas: ciertas manualidades -o, incluso, pasatiempos- que no suponen ni dedicación, ni exigen un grado de profesionalización, ni un estudio profundo de lo que es el producto. Es el caso de ciertos objetos de flor seca, estaño o restauración… Otro aspecto es la proliferación de pseudoferias de artesanía por todos los barrios de Madrid, que incluyen en su oferta desde sartenes a bayetas ecológicas… Cuando una asociación como Artesanos de La Villa pretende convocar una feria local, pues la equiparan con quienes convocan a ese tipo de subproducto… Creo que el discurso de integración de los emigrantes no debería minar ciertos logros.

La comercialización

Iñaki innova regularmente su catálogo. Suelo incorporar entre dos y tres piezas nuevas cada año, siempre en función del mercado. Incluyo un producto de consumo masivo y bajo costo -como es la carraca o un camión pequeño-, y otro más exquisito y selectivo. Tengo clientes realmente curiosos y una relación de anécdotas: desde televisiones que te piden juguetes para subastar en una gala de Navidad o clientes que te demandan cosas desde Buenos Aires, Zurich o París. Durante una feria, un matrimonio japonés que se iba a EE. UU. se encaprichó con la cocina: sólo les preocupaba que nada de lo que en ella figura fuese hecho en Taiwan o cualquier otro país asiático.

Internet es una vía de comercialización de la que está particularmente satisfecho. Es una avalancha que, en muchos casos, no puedo atender; ya sea por el número de piezas que demandan o por otras razones. En un año he tenido más de 40.000 entradas/visitas. Al principio, la empresa que gestionaba la web también comercializaba y remitía mis productos. Con el tiempo hemos visto que no habían tenido en cuenta lo que se les vino encima. Hemos revisado el acuerdo y ellos sólo se ocupan ahora del soporte y mantenimiento del sitio; yo recibo los e-mails y respondo a la demanda. La web figura en un buen número de buscadores.

Hasta la fecha, la web sólo está en castellano; sin embargo, en poco tiempo estará disponible en inglés y alemán. Internet también me ha abierto la comunicación con tiendas: recibo entre dos y tres llamadas mensuales demandando catálogos, tarifas de precios… Una cifra que se duplica o triplica con la proximidad de las fiestas navideñas. Creo que es una vía de comercialización incluso más interesante que la propia FEJU.

Diábolo,
Juguetes de madera realizados a mano
Careto 14
28460 Los Molinos (Madrid)
T 918 551 217
diabolo@aloja.com
www.aloja.com/diabolo

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