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057
agosto>septiembre
2001



p i c a s s o
y los ceramistas
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Tengo en mis manos un libro, primorosamente editado y con unas hermosas tapas verdes titulado Picasso Cerámicas. He paseado por sus textos, todos ellos laudatorios -naturalmente, porque se trata del catálogo editado con motivo de una exposición que recorre diversas ciudades del mundo- y me he detenido en las fotografías de piezas cerámicas de corte claramente picassiano.
Enseguida, he pensado, como el ceramista que soy, del muy secundario papel que cumplen los que hicieron posible la magia que contiene la obra ceramística del maestro absoluto, excesivo e indiscutible del siglo XX. Los que estuvieron detrás, los que trabajaron para que nada faltara, los ceramistas de alma mediterránea del taller Madoura, en Vallauris, Provenza francesa.

La exposición que motiva el que yo tenga ahora ese libro en mi regazo, cuando escribo esto, se exhibió en el Metropolitan Museum de Nueva York y la Academy of Arts de Londres, y se ha podido ver, de la mano de la Fundación Art Serra, en Sevilla, Logroño, Pamplona, Lugo… más de 500 obras adquiridas por esta fundación, que se ha convertido en el referente necesario de la obra en cerámica del pintor. Lola Durán hace un meritorio papel como comisaria de la muestra itinerante, Picasso brilla en todo su esplendor cuando observamos su pequeña pero valiosísima serie de ocho piezas de la tauromaquia… pero, ¿y los ceramistas?. ¿Quién los recuerda?. Yo, humildemente, voy a intentar situar en el lugar que les corresponde a esa gente de un oficio noble y viejo como el mundo, que trabajaban duro en su taller cuando Pablo Ruiz Picasso entra, como un transeúnte discreto, un día de verano de 1946, en palabras de Georges Ramié, uno de aquellos protagonistas de esta crónica.
Georges y Suzanne Ramié, Jean Ramié, Jules Agard… ceramistas, que en su trabajo cotidiano hacen sitio para que el maestro se instale en el taller, para que se incorpore a la realidad cotidiana de un oficio artesanal fundamental en la historia de la Humanidad.
Sabemos que Picasso dice que se debe utilizar lo que se encuentra. En un primer momento, se negaba a reclamar cualquier cosa, y utilizaba como soporte los platos y fuentes de la producción del taller. Más adelante pide a los hacedores que modifiquen asas o grosores de cuellos de jarras o cántaros, y se tiene a bien hacerlo, posibilitando esas obras de tan fuerte acento picassiano que podemos admirar. Se le preparan óxidos y engalbas, vidriados y esmaltes, se le introduce en el complejo mundo de lo cerámico, y la producción artística sobre soporte artesano avanza a buen ritmo.
Pero el interés de Picasso por la cerámica se remonta a mucho antes: París, años veinte. El escultor vasco Amurrio, que ha aprendido los rudimentos básicos de la cerámica de manos de un joven Artigas -por cierto: otro gran olvidado del que hablaré más adelante- le prepara a Picasso algunas piezas que éste interviene. Decora, más bien. Convocado Artigas al taller de Picasso, éste le muestra la producción, y ante el silencio del ceramista, el hombre excesivo que siempre fue Picasso destruye todo aquello, percatándose que lo hecho era mercancía para grandes almacenes.
Por aquel tiempo, Llorens Artigas tiene preparado en su estudio un conjunto de placas para que un Miró que no se presentará a la cita, intervenga con uno de sus motivos primeros. Habrá que esperar unos años, cuando uno y otro expongan sus trabajos conjuntos en Niza, con gran éxito de crítica y público. Muchos años después, los madrileños pueden disfrutar de un enorme, desmedido y bello mural cerámico de factura mironiana, colocado en el Palacio de Congresos de La Castellana, salido también de la colaboración de ambos… aunque solo se recuerde a uno de ellos.
Si Artigas mira a Oriente como fuente de inspiración y conocimiento de sus obras, renunciando a la figuración para volcarse en los mil y un matices de los esmaltes, Picasso bebe de la Grecia Antigua, fijándose en sus cerámicas roja y negra, y los temas de sus piezas son las de faunos y ninfas, panes y toros, la misma iconografía que la surgida del maridaje de pintores y alfareros en el siglo de Pericles.
Y a propósito de la calidad estética de las cerámicas decoradas, Josep Pijoan, historiador y crítico de arte, escribía en 1932 un valiente texto del que transcribo un fragmento, que ilustra a la perfección lo que más adelante diré:
Los idiotas modernos pintaron con esmaltes paisajes en la alfarería, intentaron cocer flores edulcoradas en el horno del ceramista, utilizaron colores que resisten el fuego para pintar cabezas de señoras, con larga cabellera y velos de muselina. Hicieron porcelanas brillantes y baratas para abastecer con ellas el pobre gusto de la gente. Necedad, necedad criminal.

Hay que reconocer que Picasso no es un mero pintor que usa el discurso del ceramista sin respetarlo, como un modo más de trabajo: Picasso llega, y de ello no me cabe la menor duda, a la profunda comprensión del mundo cerámico, de la imprescindible mano de los olvidados y aquí reivindicados ceramistas franceses.
Sino, las llamadas cerámicas de Picasso serían tan solo cerámica decorativa, suntuaria. Y eso no es cierto.

Palabra de ceramista.
• Desde el 20 de agosto y durante todo el mes de septiembre, la exposición estará en Baeza, fomando parte de las actividades culturales de la Sede Antonio Machado-Universidad Internacional de Andalucía. Posteriormente viajará a Ibiza.
Sala de Exposiciones del Antiguo Cuartel de Sementales
Compañía s/n
23440 Baeza (Jaén)
T 953 742 775
www.uniaam.uia.es
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